Mozárabes y mozarabías

Mozárabes y mozarabías
Biblia de León

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Los Mártires de Córdoba



Los pronunciamientos martiriales que se desencadenaron en Córdoba a partir de aquel 18 de abril del 850, fecha en la que el joven Perfecto aceptó voluntariamente el sacrificio, no son fáciles de interpretar a la luz de hoy; las iniciales versiones católicas, nacionalistas y románticas han perdido fuerza frente a otras más actuales procedentes de autores hispanos y también de fuentes anglosajonas o alemanas, que intentan aproximarse a aquellos sucesos de la Córdoba del siglo IX bajo una óptica mucho más racionalista. Entre esquemas tan distantes, nos quedamos algo desconcertados.
Nos preguntamos si será posible contemplar, bajo la perspectiva actual, unos hechos que no dejan de sorprendernos y que tuvieron lugar en un mundo de exaltaciones y antagonismos frecuentemente impulsados por exacerbaciones místicas, guerreras y hasta apocalípticas. Retrotraer a los ojos de hoy aquellos acontecimientos y analizarlos, nos parece, cuando menos, cuestión bastante arriesgada. Dice Ortega: "Un hecho aislado, así sea del  más enorme calibre, no explica ninguna realidad histórica; es preciso antes integrarlo en la figura total de un tipo de vida humana". Y ésta pudiera ser una de las claves que nos ayuden a descifrar este complejo asunto, donde la historiografía tiene mucho que decir al respecto.
Premisa fundamental será partir del conocimiento sobre cuál era la verdadera atmósfera que respiraban los cristianos de la Córdoba del 850, y si para ello nos fuera dado un solo calificativo, diríamos que su estado de ánimo se encontraba dominado por la desesperanza.
Evidentemente, la presión musulmana fue en aumento en la medida en que su presencia en la península se fue consolidando y la población indígena dejó de ser imprescindible en las nuevas estructuras del estado hispanomusulmán. De esta forma se llegó a una situación en la que la práctica del cristianismo casi rayaba en la clandestinidad. 
Pero surge una pregunta clave: las presiones y limitaciones religiosas a las que, indudablemente, estaban sometidos los cristianos ¿fueron suficientes como para justificar la oleada de martirios voluntarios que se desencadenaron en ese año y los siguientes?
Desde que Ambrosio Morales descubriera en el siglo XVI el manuscrito de las obras de Eulogio, único documento junto con los escritos de Álvaro de Córdoba, que nos han llegado hasta nuestros días sobre aquellos sucesos y que nos permiten una cierta reconstrucción fidedigna, el mismo Ambrosio Morales y una serie de historiadores españoles quisieron sólo ver un lado del problema. Las excesivas presiones tributarias ejercidas sobre los dimmíes, las limitaciones externas cultuales tales como la prohibición de tañer las campanas, efectuar entierros y procesiones en público y construir nuevas iglesias, las burlas y el menosprecio a los que públicamente estaban sometidos los cristianos, particularmente los sacerdotes, todo ello configuraba la incuestionable realidad de que la comunidad mozárabe cordobesa pasaba por una incómoda situación. Si bien es cierto que la legislación que limitaba las actuaciones de los dimmíes era aplicada con una cierta laxitud, debió de existir el temor de que, bajo cualquier pretexto, las cosas podrían empeorar súbitamente.   
La realidad es que se experimentaba por aquellos días un palpable decaimiento moral y cultural de la comunidad cristiana, con la excepción de la mayoría monjes asentados en los monasterios de las sierras cercanas, donde, poco a poco, se fue fraguando una absoluta oposición a cualquier fórmula de convivencia con las formas de vida impuestas por la religión islámica. Surgieron entre ellos las voces acusadoras contra sus mismos correligionarios, contra los que preferían permanecer en la ciudad, en connivencia con la población musulmana, compartiendo incluso el disfrute de los placeres ofertados por una filosofía de vida más permisiva.
Estos monjes rehuyeron todo intercambio de ideas con la comunidad islámica, aislándose en los monasterios fuera de la ciudad; no se trataba de polemizar con los musulmanes, ni siquiera de convencerlos argumentando, sino que se optó por un enfoque mesiánico, el de ir al encuentro de Cristo triunfante llevados del espíritu del Antiguo Testamento, siguiendo las pautas marcadas por el Apocalipsis. Y el camino del martirio era el único que se veía posible frente al incontenible avance de las fuerzas del mal, representadas por el Islam. Los monjes mozárabes rechazaron la convivencia con el mundo musulmán, eligiendo la única actitud que podría prender la chispa del remordimiento en sus hermanos "tibios" que, abajo, en la ciudad, contemporizaban con sus enemigos. La única vía que se vislumbraba como posible solución para todos aquellos males era el martirio. Desafortunadamente para sus propósitos, este segundo objetivo fracasó, y el movimiento martirial no tuvo ningún eco dentro de la propia comunidad cordobesa, mientras que, por el contrario, sí causó impacto entre las gentes cristianas del norte.


Es importante también destacar que los escritos de Eulogio y de Álvaro nunca tuvieron como finalidad la conversión de los infieles, sino que, por el contrario, iban particularmente dirigidos a sus propios prosélitos, a los mozárabes ya convencidos, para exhortarles en el mantenimiento de su ideario y en la esperanza de una salvación por el camino del martirio. Es decir que se trataba más bien de un movimiento a la defensiva, de consolidación de sus principios entre sus seguidores más que de la captación de nuevos adeptos.
Entonces ¿cuál fue la base intelectual en la que se sustentó el movimiento martirial? Creemos que, a pesar de los laudables esfuerzos realizados por Eulogio para conservar los códices antiguos e incrementar el número de obras de las bibliotecas monásticas en los alrededores de Córdoba, parece evidente que el decaimiento cultural era ya notable entre la comunidad mozárabe. En aquellas bibliotecas, las obras disponibles eran únicamente las de autores paleocristianos tales como Cipriano, Prudencio, Jerónimo, Casiano y Tertuliano, autores todos ellos muy en la línea del ascetismo y de la exaltación del martirio como última vía de perfección y de imitación de la figura de Cristo. Éstas fueron las fuentes literarias en las que bebieron los monjes, buscando el mínimo soporte necesario para intentar el desperezamiento de una comunidad adormecida y amenazada por la tibieza y la apostasía. Parece probable, pues, que entre estos monjes se produjese un cierto efecto de realimentación literaria, es decir, leer mucho, pero todo del mismo sesgo y ello pudo llevarles al desenfoque del hecho martirial, asimilándolo a los ejemplos ofrecidos por la Iglesia de los siglos II y III, cuando en la realidad de la Córdoba del siglo IX no se daban las mismas circunstancias que en las de la Roma de la antigüedad.
La justificación de las actitudes martiriales no resulta fácil a nuestros ojos si se enfoca exclusivamente por el nivel de libertades existentes e incluso por las condiciones de vida social reinantes en la Córdoba del siglo IX. 
En los casos de Perfecto, Juan, y, sobretodo, Isaac, se observa que sus motivaciones fueron completamente personales, sin que mediara aparentemente ninguna influencia externa; Eulogio se limitó a registrar sus muertes e iniciar con ellos el Memoriale Sanctorun, documento que se vería engrosado con las listas completas de los subsiguientes mártires. Es más, con la excepción de los casos de Flora, María, Aurelio y Leocricia, parece que su intervención personal no existió, sino que tan sólo recogió los detalles de sus procesos martiriales y dio constancia de ellos en su libro.
El esperado factor de contagio entre la comunidad mozárabe no llegaría nunca a producirse. No se dejaron arrastrar por la oleada de martirios de los monjes, manteniéndose, por el contrario, más cercanos a las posturas del obispo Recafredo y de los que apoyaban la convivencia pacífica. Sin embargo, no es menos cierto que el goteo de martirios continuó durante algunos meses hasta su total conclusión.
Si recordamos los perfiles de los protagonistas de aquellos sucesos, veremos que, además del denominador casi común de ser monjes o monjas, se dan igualmente algunas otras coincidencias; por ejemplo, muchos eran matrimonios mixtos o descendientes de ellos, y otros tenían relaciones de parentesco o amistad, o procedían de los mismos monasterios e incluso de las mismas villas o ciudades. Es decir, que todo parece indicar que el fenómeno se generó dentro de un  núcleo cerrado y reducido de la comunidad cristiana, como por un cierto efecto de contagio personal; ello explicaría que, fuera de este restringido contexto, el movimiento tuviese tan escasa aceptación por parte de esferas más amplias de la mozarabía cordobesa.
Así pues, el principal desencadenante de estos episodios debió de ser la suma de una serie de actitudes individuales llevadas de un sentido religioso a ultranza, con el convencimiento de que, con la ofrenda sublime de sus vidas, éstas quedarían limpias de toda inmundicia temporal, predisponiéndolas para la entrada en el paraíso prometido. Pasando por unos breves momentos de dolor y de tortura, se triunfaba definitivamente sobre las fuerzas del mal. En otras palabras, se alcanzaba la victoria en una batalla que, de cualquier otra forma, estaba de antemano perdida. Por lo tanto, no creemos que hubiese detrás de estas acciones ni un fanatismo colectivo ni un complot movido por ningún instigador ni nada que no fuese un cierto mesianismo acompañado de unos aires apocalípticos, ambos muy en el sentir de la época.
Como síntesis de todo lo que antecede, resulta patente la difícil justificación del hecho martirial cordobés, dentro de un contexto de razonable convivencia pacífica, exenta de auténticas persecuciones religiosas. Por lo demás, en nuestro ánimo queda el respeto por la valentía y la entrega de aquellas gentes. Faltan las razones a la luz de hoy, pero permanece la generosidad de la fe de ayer.

 Fuente: "Mozárabes y mozarabías" del autor.  Ed. Universidad de Salamanca 


Cruz de Álvaro de Córdoba