Mozárabes y mozarabías

Mozárabes y mozarabías

viernes, 20 de abril de 2012

Santo Tomás de las Ollas, Ponferrada


¿Mozárabe o carolingio?
Razonables dudas todavía subsisten sobre esta joya prerrománica, particularmente acerca de la sorprendente arquería de su capilla absidal. Pero fijémonos en algunos detalles:

  
 Cúpula de cascos, once en total y desiguales entre sí, imprevisión causada por la presencia del arco toral. Podría tener influencias lombarda, carolingia o puramente mozárabe.


 Ábside, quizá lo más destacable y casi único en el prerrománico español. Capilla con planta de herradura muy cerrada, pero no es circular, sino ovalada, tamaño grande, de unos 6 m de largo y 5,5 de ancho, bastante mayor que sus vecinas en Escalada, Mazote o Peñalba. En su base hay un poyo, donde arrancan ocho cortos pilares de granito, que sostienen nueve arcos de herradura, sobrepasados en medio radio, con dovelas radiales. Aunque los arcos son mozárabes, el conjunto sólo se puede relacionar con construcciones carolingias u orientales.
Estos arcos soportan un nuevo muro curvo, adosado al anterior, que se transforma en una imposta poligonal de nueve lados, con los vértices en la vertical del centro de cada arco.


 Arco toral de herradura doble, con desarrollo típico mozárabe al igual que los de la arquería absidal. Con impostas y desfiguraciones posteriores en los arranques que le hacen parecer un arco de medio punto prolongado. Resulta problemático saber si las dovelas son radiales por sus imperfecciones.
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Desde luego, por su proximidad geográfica a Peñalba y San Pedro de Montes, podríamos estar ante uno de los monasterios mozárabes fundados por San Genadio pero, por otra parte, al estar también en el Camino de Santiago, es lógico pensar que recibiera influencias carolingias.



miércoles, 12 de octubre de 2011

El Beato de El Escorial

video


La Biblioteca Real del monasterio de El Escorial guarda celosamente un manuscrito compuesto por 151 pergaminos que contienen una de las más valiosas copias de Beatos mozárabes, de las más de veinte que han llegado hasta nuestros días. En este corto podemos apreciar algunas de sus curiosas iluminaciones.

martes, 30 de agosto de 2011

Arquitectura mozárabe

La controvertida arquitectura mozárabe tiene sus raíces en la hispanovisigoda con influencias de la árabe emiral, anterior al apogeo califal. Se empieza a manifestar a partir del gran éxodo de mozárabes hacia el norte, tras los sucesos del 850, y su principal escenario se encuentra en los reinos cristianos que reciben a los monjes constructores , en alguna medida influenciados por las manifestaciones artísticas cordobesas.
Es en el reino de León donde se halla la mayor concentración de templos mozárabes y también, aunque ya más dispersos, por Galicia, Asturias, Portugal, Cantabria, Rioja y las provincias castellanas de Valladolid y Soria. Otro núcleo muy definido lo forman las iglesias aragonesas del Serrablo, al pie de los Pirineos y, finalmente, otro tercer grupo está compuesto por las iglesias catalanas y del Rosellón francés, en las que la influencia mozárabe se percibe ya más difuminada que en las castellanoleonesas.
 Los principales elementos que los mozárabes toman de sus antepasados visigóticos son el estilo corintio con ornamentación vegetal para sus capiteles, los modelos naturales para frisos e impostas y el mismo arco de herradura, ya conocido por bizantinos y romanos.
Pero, por otra parte, la arquitectura mozárabe se surte de las fuentes de la islámica emiral. Por desgracia el esplendor alcanzado posteriormente por la arquitectura califal llegará tarde para influenciar a los mozárabes, por entonces ya en decadencia. Los apuntes bizantinos, el alfiz, los arcos de herradura avanzados, los capiteles corintios orientalizados y el cromatismo en las dovelas son, entre otras, las aportaciones islámicas transportadas al arte mozárabe.
Respecto a la planimetría, una de las primeras características de la arquitectura mozárabe es la compartimentación. Las plantas de las iglesias son generalmente reticuladas, es decir, compuestas por varios cuadriláteros, herencia clara de las iglesias visigodas aunque también se advierta una inspiración en lo musulmán, tal y como hemos ya anticipado. La segmentación de la planta de las iglesias mozárabes se hace extensiva a las alturas, dando como resultante una conformación de volúmenes, tanto interna como externa, de la que hablaremos después. Los ejemplos más definitorios de esta compartimentación lo ofrecen Santa María de Melque y Santa María de Lebeña, que se estructuran a partir de una serie de rectángulos con ambientes muy separados unos de otros y con la sensación final de un pequeño laberinto. Resulta aventurado hablar de una planimetría específica y predeterminada, que no sea aquella que se va improvisando en función de la consecución de unos volúmenes compartimentados, muy aptos para la función cultual y para la particular concepción del intimismo mozárabe.
Su reducido tamaño, que es otra de sus peculiaridades. Los mejores exponentes son Celanova y San Baudelio. En este último caso, de acuerdo también con su discreto aspecto exterior, cabría suponer la intencionalidad de pasar inadvertidas en el paisaje que las rodea, quizás debido al ambiente de persecución y hostigamiento en el que se vieron inmersos sus constructores. De lo que no cabe duda es de que en estos espacios reducidos y humildes, sería más fácil el encuentro íntimo y espiritual del hombre con Dios, apartados de una atmósfera exterior generalmente hostil y adversa. Podríamos aventurar que los mozárabes quisieron aplicar también al terreno de las proporciones arquitectónicas, su bien probada habilidad en el arte de la miniaturización de los beatos.
En las iglesias mozárabes la luz natural es un bien escaso. Las aberturas externas son mínimas, aunque su abocinamiento facilite la máxima entrada de claridad posible. Los huecos exteriores son exclusivamente para la entrada de luz y aire, nunca para la observación desde el interior. En el ábside sólo hay una angosta saetera que permite la entrada de la luz matutina de oriente, que se irá desplazando a lo largo del día, hasta aparecer por las otras ventanas a mediodía y poniente, creando unos contraluces que imprimen misterio e intimidad, favorecidos por la ya mencionada compartimentación del recinto. Para explicarnos esta falta de luz habría que pensar en las limitaciones técnicas constructivas, sin perder de vista el concepto que de este elemento natural tendrían los monjes, acostumbrados a vivir en la oscuridad perenne de las cuevas y a sentir la persecución como parte inseparable de su acontecer diario.
La carencia generalizada de elementos decorativos externos sólo tiene una excepción: los modillones de rodillos escalonados que sirven de soporte a los aleros de los tejados. Es la forma de sustentar voladizos con una cierta gracia. Aunque en Córdoba existen los modillones, ya conocidos por los romanos, los mozárabes son diferentes ya que sobresalen bastante del plano del edificio, presentando temas ornamentales tales como ruedas de radios curvos, esvásticas y flores con seis pétalos, temas muy visigóticos y bizantinos, que fueron previamente paganos y luego se cristianizaron. En Melque no hay modillones ni tampoco aparecen en las iglesias de Cataluña.
Las techumbres de San Cebrián de Mazote y San Miguel de la Escalada son de madera, a dos aguas, pero resultan casi una excepción pues predominan las bóvedas de cañón semicirculares o ultrasemicirculares. En cuanto a las cúpulas, son de dos tipos: de cascos o gallonadas, cuyo ejemplo más representativo está en los ábsides y la cúpula de Peñalba y también de Escalada, y las de nervios cruzados, cronológicamente más tardías, cuyo exponente máximo son San Baudelio de Berlanga y San Millán de la Cogolla, ya muy influenciadas por lo califal.
Los ábsides son rectangulares externamente, pero de planta circular interior, con el radio sobrepasado. El ábside se comunica con la nave central por un arco triunfal de herradura que suele ser algo angosto y no muy alto, impidiendo ver la bóveda del mismo ábside hasta que no se está dentro de él. Nos recuerdan el espacio sagrado de un mihrab o el ambiente cerrado de una cueva de eremitas. Aunque en algunos casos los ábsides sean cuadrangulares interiormente, lo que siempre es común es el arco de herradura como arco toral. En la parte superior de estos espacios absidales las bóvedas, marcan la independencia de este volumen.
Dentro de estos reducidos ábsides se encontraban los altares en forma de T, compuestos por dos piezas, un soporte cilíndrico vertical y una mesa de pequeñas dimensiones, guardando en el interior de ambas piezas las reliquias de los santos y mártires. Esta particular disposición la conocemos únicamente por las miniaturas.
Acerca del sobrepasado del arco de herradura queda decir que es variable: 1/3, 1/2, 2/3, del radio, pero no parece ser diferenciador de distintos estilos o escuelas. Cuestión aparte son los matices que ofrecen, respectivamente, el arco de herradura visigodo y el cordobés, para decidir cuál de ellos influye en el mozárabe. Las diferencias provienen de su estilización y su peralte, según que la separación de intradós y trasdós sea mayor o menor en la clave, pero, respecto al sobrepasado, parece imponerse la tesis de que cualquier regla general resulta muy aventurada. En los arcos, las primeras dovelas a partir de los salmeres suelen ser horizontales, pero las siguientes superiores serán radiales. Al pie del arco pueden nacer unas sencillas impostas con molduras o nacelas cóncavas. Estas impostas que, en lo visigótico parecen tener la función de refuerzo del muro, son meramente decorativas en casi todas las obras mozárabes.
Los capiteles son siempre corintios, sin influencia cordobesa, sino prerrománica. Son, por lo general, de mármol, tallados a bisel o a trépano, modalidad ésta de claro antecedente bizantino; frecuentemente estos capiteles presentan un astrágalo sogueado que nos recuerda el arte asturiano. Los motivos iconográficos suelen ser vegetales o geométricos, alternándose las hojas de acanto como símbolo de la eternidad y la palma como representación de la virtud y el martirio. Los fustes de las columnas carecen, salvo las excepciones de San Cebrián de Mazote, de toda ornamentación.
Y llegamos a uno de los rasgos más acusados del arabismo mozárabe: el alfiz, que no es otra cosa que una moldura externa rectangular que abarca el arco, puramente ornamental, siendo variable su altura respecto a las dovelas. La ya mencionada correspondencia de formas rectangulares externas con circulares internas, en los ábsides, tiene su manifestación más gráfica en el alfiz; así, cuando los miniaturistas mozárabes quieren representar las siete iglesias del Apocalipsis, lo hacen con un arco de herradura enmarcado en su correspondiente alfiz.
Por todo lo que antecede se desprende que no resulta fácil la valoración global del entramado arquitectónico mozárabe, ya que no está clara la originalidad de sus elementos básicos ni siquiera su procedencia. Indudablemente estamos frente a una aglutinación de formas artísticas variantes de otras precedentes, pero que, sin embargo, dejan entrever el espíritu de una comunidad, un hecho cultural y religioso bien identificado. La cuestión es si será este contenido suficiente como para que se le pueda aplicar el título de estilo propio arquitectónico.
Sin embargo, es indiscutible que, aunque no sean muy significativas, los mozárabes sí llevaron a cabo algunas realizaciones en tierras de al-Andalus, tales como la reconstrucción de iglesias cordobesas a cambio de la cesión de media Catedral de San Vicente en el 785 y el levantamiento de monasterios como Tábanos y Peñamellaria. Al-Razi fue muy explícito asegurando que, tras la llegada muslímica a Córdoba, todas las iglesias, con la excepción de la de San Vicente, fueron demolidas, y Eulogio se refirió varias veces en sus escritos a la existencia dentro y fuera de la ciudad de cuatro basílicas y nueve monasterios. De ello se infiere que los mozárabes sí habrían podido desarrollar alguna iniciativa constructora, o al menos de reconstrucción, ya que, en definitiva eran los sucesores de recientes antepasados visigóticos que habían levantado ejemplos tan bellos como San Juan de Baños, San Pedro de la Nave o el mismo Melque.
Una vez más repetiremos aquí algo que se olvida frecuentemente y es que unos y otros, visigodos y mozárabes, parten de un mismo tronco común, y es solamente tras la irrupción militar del 711, cuando cambian de nombre siendo las gentes las mismas. Aunque su capacidad artística en general, y la constructora en particular, fuese en disminución con el transcurso de los años, cuesta trabajo creer que, en menos de siglo y medio, estos conocimientos se hubieran perdido totalmente. Tampoco debemos de olvidar que, al repoblar el Duero, lo que los monjes mozárabes se encontraron fueron las ruinas de antiguas iglesias visigodas, que fueron nuevamente levantadas; y en estas reconstrucciones también cooperaban los artífices venidos de Asturias, portadores igualmente de las técnicas aprendidas de sus antepasados visigodos y romanos. Bajo estas condiciones es razonable asumir que los monjes mozárabes aportarían sus seculares artes constructivas impregnadas del aire orientalizado andalusí. 
Bien es verdad que, en un primer momento, las comunidades que huyeron hacia los territorios cristianos estarían integradas por monjes que debieron sentir un fuerte rechazo hacia las manifestaciones islámicas, por ser ésta la cultura enemiga que les había expulsado. Luego, gradualmente, los mozárabes se fueron arabizando y los desplazamientos hacia el norte disminuyeron. Según ya hemos visto, el éxodo de gentes hacia los reinos cristianos comenzó en el siglo IX, fue casi continuo y se mantuvo incluso durante todo el siglo X, período en el que bien pudieron trasvasarse algunos de los avances arquitectónicos que en Córdoba se estaban ya desarrollando. De hecho, una ojeada a la cronología de las dataciones de las principales iglesias mozárabes nos demuestra su contemporaneidad:
En cualquier caso, la solución a todos los interrogantes pendientes no es previsiblemente fácil, debido al exiguo número de muestras de que disponemos para estudio, lo cual dificulta una profundización técnica y rigurosa.
Sea cual fuere la valoración que se quiera conceder a la arquitectura mozárabe, lo que resulta innegable es el papel de trasvase que jugó. Desde unos indudables orígenes hispanovisigodos con inspiración árabe y tras largo recorrido, algunos de sus elementos llegarán a contagiar al románico e incluso al gótico europeo medieval. Es posible que de las bóvedas de la mezquita de Córdoba y del Cristo de la Luz en Toledo, recogieron los artistas mozárabes su modelo de bóvedas esquifadas en el Suso de San Millán de la Cogolla. Luego, desde allí, es fácil imaginar el siguiente salto hacia otros monumentos románicos españoles, -la Catedral de Jaca y el tímpano de la Colegiata de Cervatos pueden ser  ejemplos- que, a su vez, influyeron posteriormente en otros de la más pura esencia europea.



sábado, 20 de agosto de 2011

Santa Comba de Bande, Orense


En uno de nuestros últimos viajes hemos vuelto a pasar por Santa Comba de Bande. En pocos lugares podemos percibir el paso de catorce siglos entre los muros de un marco tan diminuto y humilde como este. La eterna discusión sobre si serían orígenes visigóticos o mozárabes nos parece ahora superada. ¿Es que ambos no pertenecían a un tronco común? Probablemente esta iglesita sea, constructivamente, más lo primero que lo segundo, pues es cierto que reconocemos en ella muchos detalles que nos recuerdan a la toledana Santa María de Melque. La historia, cuando no es rigurosa, deja de ser historia. Pero lo trascendente, de verdad, es que allí hemos experimentado una vez más, la emoción, el recogimiento, la intimidad, la facilidad de acercamiento a un Dios, muy severo como se ve en sus pinturas, pero muy directo y muy próximo.



martes, 6 de julio de 2010

Ermita de Santa Cruz, San Pedro de Montes


Testigo de uno de los últimos expolios sobre el patrimonio mozárabe. La lápida sobre la puerta de entrada ha desaparecido

sábado, 3 de julio de 2010

Miniaturas

                                                                                                                                         aremos cuenta aquí de la miniatura mozárabe, en general, sin incluir los Beatos, que trataremos en otra entrada de este blog.
Es evidente que el flujo de gentes venidas del sur, llevando con ellas los viejos moldes hispanovisigodos impregnados de sabores bizantinos y orientales, bien pudo favorecer la realización de tales obras maestras en las scriptorias de las zonas repobladas.
El arte de la ilustración en la España altomedieval alcanza un desarrollo no igualado en el occidente cristiano, siendo precursor de un estilo y unas formas entonces desconocidas y que, contemplado ahora, nos parece lleno de una fuerza y expresividad insólitas; sus rasgos más destacables son la linealidad y la nitidez con que se resaltan los trazos, diferenciados por colores uniformes e intensos, de gamas no muy extensas, sin tonos intermedios, y el hieratismo de las figuras con rostros esquemáticos, respondiendo siempre a un mismo modelo simple. Probablemente el rasgo más innovador reside en la presentación de las imágenes sobre bandas horizontales superpuestas, de diferentes colores contrastados. Ni el menor atisbo de perspectiva, situándose todas las figuras dentro del mismo plano, sin concesiones al sentido del relieve.
Estos libros suelen presentar portadas que asemejan un tapiz, o con grandes símbolos tales como la Cruz de Oviedo con la alfa y la omega, el tetramorfos o un Pantocrator, precediendo a los textos generalmente iniciados con letras capitales ornamentadas; los motivos son desde antropomórficos, zoomórficos, simbólicos, florales y geométricos con perfectos entrelazados.
Las ilustraciones de libros se llevaron a cabo en las scriptorias, siendo sus artífices monjes cultos que realizaban su trabajo inmediatamente después de los copistas. Sabemos que existieron estas scriptorias en los monasterios leoneses de Tábara, Valcavado y, probablemente, en San Miguel de la Escalada, así como en Valeránica en Burgos y Albelda y San Millán de la Cogolla en La Rioja. Llama la atención el hecho de que estos mismos lugares estén, igualmente, vinculados a lo mozárabe en su arquitectura. Eran, sin lugar a dudas, manifestaciones de un mismo ambiente espiritual y cultural en un espacio geográfico y cronológico al que en ningún modo nos repugna llamarlo mozárabe.
Según la información que ha llegado a nuestros días, los nombres de los miniaturistas más relevantes fueron Magio y su discípulo y sucesor Emeterio, creadores de la escuela de Tábara, Florencio en Valeránica y Vigila, en el riojano monasterio de Albelda.
Probablemente el más antiguo documento sea el Vitae Patrum, que data del 902. Presenta abundancia de figuras antropomorfas desproporcionadas e irreales en sus movimientos. Su origen parece ser en el reino de León y se halla hoy en la Biblioteca Nacional de Madrid.
Luego vinieron la Biblia Hispalense,la Biblia Sacra o Biblia de Juan y Vimara, los Moralia in Job de San Gregorio, De Virginitate sanctae Mariae, el Codex Albeldense, el Codex Aemilianensis, que se guarda en la Biblioteca de El Escorial y el de mayor valor de todos, el Antifonario de León.
Por último está el manuscrito de San Ildefonso, Tratado sobre la Virginidad de María, puramente mozárabe, que fue copiado en Toledo, en el 1047, y que llama la atención por su simpleza figurativa, a pesar de lo tardío de su datación y para algunos autores -J. Yarza entre otros- es esta una prueba del retraso que los monjes procedentes del sur llevaban respecto de los cristianos del norte, deduciéndose de ello el relativo peso que lo mozárabe tuvo en el arte de la miniatura.

viernes, 2 de julio de 2010

Beatos

En el Nuevo Testamento hay un libro, el Apocalipsis de San Juan, dotado con un profundo sentido escatológico, que sirvió de inspiración fundamental al grupo de manuscritos conocido como los beatos. Curiosamente alcanzó mayor difusión en la España de los siglos X al XII que incluso la Biblia y los Evangelios. Obra que se distancia notablemente del contexto evangélico, mostrándonos una imagen de Jesús, antes juez y castigador de las desviaciones humanas que benévolo y misericordioso.
En el último cuarto del siglo VIII, en lo más recóndito de las montañas cántabras, un monje llamado Beato de gran cultura religiosa, dedicó una parte de su vida a escribir en el monasterio de Santo Toribio de Liébana los Comentarios al Apocalipsis. No parece descartable que este hombre procediera de las tierras de la Bética, con superior desarrollo cultural, las únicas en las que pudo recibir tan profunda formación teológica y humanística. Los Comentarios pronto se convirtieron en el estandarte necesario para la motivación religiosa de los cristianos que iniciaban el largo enfrentamiento con los poderosos vecinos musulmanes. Estos Comentarios no eran otra cosa que una recopilación de textos de autoridades de la Iglesia sobre el enigmático libro sagrado del Apocalipsis. Leyendo entre líneas era fácil identificar a las fuerzas del mal con los enemigos muslímicos; en sus textos y en sus iluminaciones se reflejaba la obsesión por la inminente llegada del Anticristo, dominante de las inquietudes religiosas de la época, así como el terror ante el no menos inminente milenario, augurio de las más impredecibles tragedias. En los Comentarios se vislumbraba la clara intencionalidad política de dotar a los cristianos con una simbología adecuada para enfrentarse con los sarracenos.
Al parecer el manuscrito original del propio Beato ya incluía sus correspondientes iluminaciones, pero se ha perdido. Sus copias comenzaron a proliferar y los Comentarios al Apocalipsis llegaron a alcanzar gran difusión en la España cristiana, atestiguada por el elevado número de manuscritos que de esta obra salieron. Siguiendo la tradición litúrgica impuesta ya en el Concilio IV de Toledo, bajo la autoridad de San Isidoro, se había hecho preceptiva la lectura del Apocalipsis en todas las misas desde Pascua a Pentecostés, por lo tanto, los Comentarios al Apocalipsis de Beato no hicieron sino recoger y continuar esa tradición dentro de la Liturgia hispanovisigótica.
De los treinta y dos manuscritos existentes, afortunadamente veintisiete  están casi completos, pero lo más importante es que veintidós de ellos incluyen miniaturas de un estilo muy definido, dentro de la valiosa oferta de la Edad Media hispana.
Se trata de grandes libros de elaboración muy cuidada, en pergamino y con letra visigótica, con unas iluminaciones en general de tamaño relativamente grande, que llegan a poner en duda su calificación de miniaturas (algunas alcanzan 40 x 30 cm). Las figuras humanas no pasan aquí de ser meros actores del gran drama apocalíptico, no son nada realistas, sino simplemente espectadores colectivos. En cuanto a su disposición destacan por su frontalidad, recurriendo excepcionalmente a representar a las cabezas de monstruos a la vez de frente y de perfil, para resaltar más su horror. Dentro de una carencia absoluta de toda perspectiva óptica ni de sombreados, a veces se representan diferentes escenas dentro de bandas horizontales con fondos de variadas coloraciones.
El beato más antiguo parece ser del 930, pudiendo provenir del monasterio de San Millán de la Cogolla. Se halla depositado en la Biblioteca Nacional de Madrid, encontrándose en mal estado y sólo se conservan de él veintisiete ilustraciones.
Uno de los primeros beatos es el que se encuentra en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial, del que se sospecha que procede también de San Millán de la Cogolla y que debió de ser escrito entre el 950 y el 955. Con ciertos repuntes de sabor islámico, ofrece una decoración que recuerda a los caracteres cúficos. Colores agresivos, predominando el amarillo como fondo. Gran similitud entre los rostros humanos de los personajes, con ojos almendrados, cuellos rectos, comisuras de los labios hacia abajo y orejas de doble lóbulo, dotados de una gran expresividad. Esta obra entró a formar parte de la biblioteca escurialense como donación que Ponce de León hizo al mismo rey Felipe II.
En la Pierpont Morgan Library de Nueva York se halla el beato de Magio, cuya fecha es difícil de precisar, pero que debió de andar allá por el 945, y que probablemente vio la luz en el monasterio de San Miguel de la Escalada. Sus 89 ilustraciones son de una riqueza extraordinaria, acreditando a este Magio como auténtico iniciador de una escuela de miniatura, que representa un gran salto respecto de las anteriores; es el autor de las bandas horizontales con mayor cromatismo, tratando a la vez a un superior número de personajes. 
El beato de Tábara, del 970, comenzado por el mismo Magio y terminado por su discípulo Emeterio, está depositado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. A pesar de su mal estado de conservación, se trata de otra obra maestra. En una de sus ilustraciones se nos deja conocer la disposición de una scriptoria, situada al lado de la torre del monasterio de Tábara. Posee anotaciones marginales en árabe.
El beato de Gerona (archivo de la catedral), salió del monasterio zamorano de San Salvador de Tábara y su artífice fue el mismo Emeterio ayudado por la monja copista Ende, en el año 976. Es, quizás, el más rico de toda la colección de beatos que conocemos, incluyendo unas hermosas páginas con ilustraciones sobre la vida de Cristo. Influencia carolingia bien patente, por ejemplo, en un bello Maiestas con curiosos atlantes desnudos que sostienen el trono de Dios.
Ya en 1047, y por encargo del rey Fernando I, sale a la luz otro de los más completos beatos de la mano del copista Facundo, que hoy se guarda en la Biblioteca Nacional de Madrid. Este copista fue fiel seguidor de la escuela de Florencio, anterior en un siglo, aunque introduciendo una mayor audacia en los colores y un mejor sentido de la profundidad frente a la linealidad anterior.
Los últimos beatos son el de la catedral de Burgo de Osma, cuya autoría es de un tal Martinus, que pertenece ya más a la esfera del naciente románico, y el de Silos que, aunque inmerso ya en el esplendor románico de ese momento, se observa en él la más vieja tradición miniaturista. Se encuentra en el Museo Británico de Londres.

jueves, 1 de julio de 2010

Jarchas mozárabes



Báy-se méw qorazon de mib.
                                                                   ¡Ya Rabb, si se me tornarad!
                                                                   ¿Tan mal me dóled li-l-habib!
                                                                   Enfermo yed: ¿Kuand sanará?


Jarcha que, traducida alcastellano, dice así: Mi corazón se me va de mí.¡Oh Dios, ¿acaso se me tornará?¡Tan fuerte mi dolor por el amado! Enfermo está, ¿cuando sanará?                                             
Poema en audio: Mi corazón se me va de mí... de Jarchas mozárabes por Flora María Álvaro         
                  
Allá por los finales del siglo IX, nace en al-Andalus una de las más genuinas muestras del elevado nivel alcanzado por la poesía arábiga. El poeta al-Qabrí, natural de Cabra, quien, según algunos historiadores, pudo ser mozárabe, inventó la métrica conocida como "muwassaha", "mohasaja", o por el más españolizado nombre de muasaja. Éstas muasajas nos interesan aquí, particularmente, porque ellas fueron le vehículo transmisor de las jarchas hasta nuestros días. Estas eran estribillos de dos, tres o cuatro versos que se añadían al final de las citadas muasajas, lo cual explica que jarcha en árabe significa salida, final. Esto sucedía allá por el año 1040. Pero el hecho curioso es que mientras la muasaja estaba escrita en árabe clásico o en hebreo, los estribillos o jarchas aparecían en voces del dialecto romance mozárabe, salpicadas en algunas ocasiones con vocablos puramente árabes.


Mucho se discutió sobre si los autores de estas jarchas pudieron ser los propios poetas árabes, tesis ya abandonada ante la evidencia de que algunas de ellas se repiten en diferentes muasajas, lo cual más parece indicar que estaban tomadas de la raíz popular andalusí, siendo probablemente herederas de cancioncillas mozárabes, que se han perdido en el tiempo debido a que su transmisión fue exclusivamente oral.
Fueron descubiertas en 1948 por el filólogo S.M. Stern, que observó en un manuscrito la existencia de jarchas, extrañas al cuerpo de las muasajas y que eran como su remate final. Los autores árabes se servían de estas estrofas para recoger fragmentos de una poesía de arraigo ancestral entre los pobladores autóctonos de al-Andalus, verbalizadas en un dialecto distinto del árabe pero no extraño, dado el bilingüismo reinante a la sazón. Pero, desde un punto de vista filológico e histórico, la singularidad del descubrimiento radicaba en que, hasta ese momento, no se conocía en la Europa altomedieval otra lírica que compitiese en antigüedad con la provenzal. Desde entonces, investigadores de la talla de R. Menéndez Pidal, D. Alonso, E. García Gómez, M. Frenk Alatorre, A. Jeanroy y  J. Sola-Solé, por citar sólo algunos, han ido poniendo de relieve y confirmando que estos sencillos estribillos mozárabes, correspondían a una lírica hispana anterior incluso a la ya citada provenzal.
Y no sólo es cuestión de que un dialecto distinto se halle injertado dentro del cuerpo de la muasaja, sino que su temática sea notoriamente diferente de la de la poesía árabe, en general, y en concreto, de las muasajas. Mientras que en los poemas arabigoespañoles el hombre es el que canta a la mujer, ayudándose de tópicos líricos tales como la luna, las flores, la mirada penetrante, los perfumes, motivos guerreros o la voluptuosidad del amor hetero y homosexual, por el contrario el asunto principal de las jarchas corresponde a lamentos femeninos de amor y de olvido. Estamos, por lo tanto, frente a una motivación bien diferenciada y que está más entroncada con la tradición de las primitivas líricas gallegoportuguesa y castellana, según afirmó recientemente el filólogo Álvaro Galmés de Fuentes. El amor y  la soledad de la mujer ante el esquivo amante, es uno de los temas usuales en las jarchas:

¿Qué fare yo mamma?
Mieo-l-habibi ya vase
Con tal bel fogore.
¡Layta non lo amase!

¿Qué haré madre? Mi amigo ya se va con tan hermoso fulgor. ¡Ojalá no le amase!  

Curiosamente, los requerimientos amorosos están, a menudo, aderezados con un sorprendente sentido picaresco, más concordante con el entorno de la sensualidad árabe. Ello se observa en la jarcha siguiente, en la que la joven responde de esta manera al amante que la solicita: 

Non t'amarey illa con as-sarti
an tajma halhali ma'a qurti.


No te amaré sino con la condición de que juntes mi ajorca del tobillo con mis pendientes. 

El total de jarchas descubiertas hasta hoy son algo más de sesenta. Uno de los serios problemas que afrontan los investigadores es su interpretación, dado que del dialecto mozárabe no se conoce lo suficiente como para traducir la mayoría de sus voces. Por otro lado, tanto el árabe como el hebreo omiten las vocales al transcribirse, por lo que resulta tarea ardua la identificación de las palabras y su distinción de las puramente mozárabes. Además es comprensible que los posteriores copistas árabes, al desconocer el dialecto romance, introdujesen numerosas deformaciones que ahora son difíciles de recomponer.
Las muasajas arabigoandalusíes evolucionaron hacia otra forma poética, no de menor influencia dentro de la lírica medieval europea: los zéjeles, escritos en árabe vulgar, de gran realismo, con descripciones sobre personajes callejeros, en medio de una ambientación picaresca y sensual. Algunos zéjeles también llevaban jarchas, aunque con un sentido diferente y en progresiva tendencia hacia su final desaparición.
Constituyen las jarchas mozárabes una aportación apreciable de la cultura hispanoislámica, como cantares populares, equiparables en antigüedad a la lírica provenzal; esto en lo que atañe a su papel filológico e histórico, porque en lo concerniente al encanto que de ellas emana, nos quedamos con su sencillez y su admirable sentido amoroso dentro del acervo andalusí. En las jarchas descubrimos a primera vista la nostalgia, el lamento y la invocación de la mujer por el amor ausente, que, quizás, deje entrever, en segundo plano, el murmullo de un pueblo que lucha con resignación contra la adversidad, esperanzado, como si de un amor lejano y huidizo se tratara.

sábado, 30 de diciembre de 2006

Bobastro (Málaga)

Estamos frente a un santuario histórico andalusí, aunque su localización final no haya estado exenta de polémica.
Para llegar a Bobastro nos dirigimos al malagueño pueblo de Alora y al desfiladero de los Gaitanes, también conocido como El Chorro o tajo del Guadalhorce. En este paraje ya está señalizado Bobastro por una carreterita que asciende a los 622 metros de altitud, donde se halla enclavada una meseta, con una presa hidroeléctrica y tres cerros que se continúan. Son las llamadas Mesas de Villaverde. Sobre el más oriental de los tres, el cerro del Castillón, se distinguen perfectamente los restos de una fortificación bien defendida tanto por torreones y murallas como por impresionantes farallones a mediodía y a levante.
El panorama que desde el Castillón se divisa es difícil de resumir en palabras; por un lado, los bruscos escarpes se descuelgan hasta el mismo Guadalhorce; al sur, las laderas de la Puerta del Sol y a poniente, el Barranco del Lobo.
Cuentan los cronistas árabes que, cuando Abderrahmán III visitó esta fortaleza natural tras su rendición, comprobó que no tenía parangón en todo al-Andalus, en cuanto a inaccesibilidad, extensión, recursos y dominio del llano, por lo que dio muchas gracias a Dios que le había permitido y facilitado tomarla.

viernes, 29 de diciembre de 2006

San Miguel de Escalada (León)


A unos veinticinco kilómetros de León, en un recodo de una carretera comarcal, aparece súbitamente este templo, silencioso pero en plenitud, elegante y transmitiéndonos la sensación de imperecedero. Es el único monasterio que nos queda de los que circundaban la capital del reino leonés en tiempos de Alfonso III el Magno, en las postrimerías del siglo IX; de Abellar, Sahagún y Sandoval poco o nada resta de ellos. Sin lugar a dudas, es una de las joyas mozárabes mejor conservadas.

Santa María de Lebeña (Cantabria)

Prodigio de equilibrio de volúmenes por fuera y elegancia oriental en su interior, Lebeña es una de las más hermosas "mezquitillas" dispersas por nuestra geografía. Fue fundada en el 930 por el conde Alfonso de Liébana y su esposa; aquí, a diferencia de la mayoría de los lugares, no intervinieron monjes en su construcción.
A ella llegamos por la carretera que desde Potes busca el mar hacia Unquera, justamente en la antesala del desfiladero de La Hermida.
Un añoso tejo custodia la iglesia; símbolo de lo imperecedero, y de él se dice que es contemporáneo de la edificación. A una restauración llevada a cabo a finales del siglo pasado corresponden la torre separada del cuerpo general y el pórtico con arcos en la parte meridional.
Éste es un buen lugar para el estudio de las diversas influencias prerrománicas que aquí confluyen; la planta y el alzado indican su procedencia visigoda, del arte asturiano se tomarían los ábsides y el aparejo general, mientras que mozárabes son la volumetría, los arcos, los alfices y la decoración. La planta es cruciforme y está embutida en un espacio general rectangular, todo ello abovedado a diferentes alturas.

jueves, 28 de diciembre de 2006

San Cebrián de Mazote (Valladolid)


En un olvidado valle que da cauce al río Bajoz, en tierras vallisoletanas, perdido entre los indefinidos perfiles de los montes Torozos y en un pequeño pueblo, se levanta una de las edificaciones mozárabes más representativas de toda la península: la iglesia de San Cipriano o San Cebrián, que es lo mismo. Una vez más, puede que la discreción del lugar sea la razón por la que este notable monumento haya llegado hasta nuestros días, pasando inadvertido frente a tantos embates vandálicos. Igual de inadvertido que le puede pasar al viajero de hoy por encontrarse fuera de los convencionales circuitos turísticos.


Peñalba de Santiago (León)


Punto y aparte en nuestro itinerario por los testimonios mozárabes. De esta pequeña iglesia/monasterio se ha dicho que es uno de los lugares más curiosos y dignos de ser vistos entre las antigüedades que tiene España.
Cuando ascendemos por el valle de Oza desde Ponferrada, por una sinuosa carretera que gana altura por los montes Aquilanos o de las Águilas, vamos penetrando en uno de esos reductos peninsulares donde se respira todavía olor medieval. Tras un recorrido de unos veinte kilómetros desde Ponferrada, tan excitante por su belleza como por los sobresaltos que nos proporciona la estrecha carretera, llegamos a Peñalba de Santiago. Pronto destaca la torre de su iglesia sobre el gris pizarroso de los tejados de esta diminuta aldea, que nos va a obsequiar con una de las visiones más íntimamente vinculadas al mozarabismo.
San Genadio, siguiendo la trayectoria de su antepasado visigótico San Fructuoso, tras renunciar al obispado de Astorga, se inclinó por la vida eremítica, estableciéndose en el vecino monasterio de San Pedro de Montes. Esto sucedía por el año 919. Pero, poco más tarde, en el 931, sus discípulos Fortis y Salomón, fundaban el monasterio de Peñalba bajo los auspicios de Ramiro II de León. Cinco años después, en el 936, el cuerpo de San Genadio era sepultado en el contraábside de la iglesia, que no sería consagrada hasta el 9 de marzo de 1105, como así lo atestigua una inscripción situada a la derecha de la puerta principal.

miércoles, 27 de diciembre de 2006

San Millán de la Cogolla (La Rioja)


En el riojano monasterio de San Millán, subiremos hasta la vieja iglesia de Suso, mitad cuevarefugio de eremitas y mitad cenobio, al pie de los antiguos montes Destercios, ahora conocidos como sierra de la Demanda.
Como bien sabemos, durante siglos se intentó borrar toda huella hispanoárabe en manuscritos y otras muestras culturales, lo cual obstaculiza la identificación de la indudable influencia que tuvo que ejercer lo mozárabe por aquellas tierras devastadas militarmente. Éste es el caso de San Millán; la desfiguración que presentaba cuando Gómez Moreno la visitó, no le permitió ir más lejos en sus investigaciones, pero hoy se puede asegurar que la iglesia de Suso ocupa el lugar donde estuvo situado el oratorio de San Millán y donde fue incluso sepultado a su fallecimiento, respondiendo a un planteamiento mozárabe del siglo X sobre anteriores bases visigóticas.
Si damos un rodeo por el exterior apreciaremos los modillones tipo cordobés que soportan los aleros, aunque todos, excepto uno, sean reproducciones de los primitivos que desaparecieron por efecto de devastaciones e incendios.