Mozárabes y mozarabías

Mozárabes y mozarabías
Biblia de León

lunes, 3 de febrero de 2014

Siempre hay que volver a San Baudelio


San Baudelio de Berlanga sigue guardando celosamente muchos misterios. Hace ya muchos años que no había estado en esta ermitilla perdida por las tierras de Berlanga, y esto se había convertido en una asignatura pendiente. Y dirá el lector ¿pues que tiene de atrayente una arquitectura sencilla de mampostería, situada en un páramo pedregoso, cuyas pinturas murales interiores fueron vergonzosamente expoliadas en el siglo pasado?


Pues claro que hay que estar allí, en medio de la tierra soriana, de color cárdeno, sin apenas matorral, donde solo se da la alimentación justa para las ovejas y donde solo crecen hierbas olorosas cuya fragancia ayuda a dulcificar el paisaje. Paisaje bello que no provoca sensualidad alguna pero bien apto para la reflexión profunda y en el que, además, al igual que sucede en los desiertos, surgen los oasis y en ellos las palmeras y aquí, al menos, vamos a contemplar una muy singular.

Y es que en el interior de sus escasos 80 m2 nos vamos a dar de bruces con un núcleo de espiritualidad difícil de comprender y difícil de comparar. Nos vamos a sumergir, nuevamente, en el misterio que preside siempre todo lo mozárabe, misterio que, en este caso más que ningún otro, está empapado de una mezcla extraña, casi única, de orientalismo y de cristianismo. Yo, personalmente, cuando me refiero a lo mozárabe, prefiero utilizar el adjetivo mágico antes que el de misterioso.


En el centro, como reina y señora del lugar, una pétrea palmera sostiene firmemente la cubierta y alza y abre sus ocho ramas hacia el cielo, probablemente más como petición de ayuda que como acción de agradecimiento. Es la palmera que suministraba sombra y alimentos al tiempo que servía como cobijo para las aves, simbología bíblica muy adecuada para aquellos años difíciles del primer milenio, en medio de la frontera del Duero sujeta a los vaivenes y a las rafias respectivas de los bandos cristiano e islámico.

La intimidad y la espiritualidad de este pequeño recinto nos sobrecogen, pero reconocemos que también aflora el amargor que perdura por el triste episodio del expolio a que fue sometida esta ermita allá por 1925. Los frescos que llenaban sus muros y su bóveda fueron arrancados sin ningún escrúpulo y fueron trasladados a los museos americanos.

La combinación fue perfecta: la codicia, la ignorancia y la cortedad de miras se batieron juntos y el bebedizo resultante fue de agria ingestión y, hoy todavía, lo sigue siendo.

Craso error el del intermediario judío y los americanos compradores que creyeron que el dinero lo puede todo; se equivocaron separando aquellas hermosas pinturas del barro y de la tierra que habían sido sus entrañas. Si, ahora podrán ser vistas en los museos de Nueva York, Boston o Cincinnati pero difícilmente podrán ser entendidas y apreciadas porque están fuera de su país, distantes de sus paisajes y lejos de las mentes de aquellos incipientes artífices mozárabes que tan acertadamente plasmaban en las paredes su sentir religioso.



Sin embargo, a pesar de la pericia de los expertos contratados a tal efecto, no consiguieron llevarse todas las capas de pintura, de manera que todavía se aprecian sus contornos y sus cromatismos, suficientes, eso sí, para imaginarnos lo que debió de ser el esplendor de este lugar en otros tiempos. Despegaron los pigmentos pero no pudieron llevarse las esencias que, como suele suceder, siguen aferradas a la cal de estos muros. Son, desde luego, las migajas del banquete, pero hemos de conformarnos con ellas.

Y sabiendo todo esto y conociendo algo la historia de aquel siglo XI hispano, ¿qué se puede hacer en la visita a San Baudelio? Extasiarse por largo tiempo mirando el prodigio de la palmera y escudriñar los pocos restos de pinturas que quedan, quizás para denunciar perennemente aquel oprobio.

Y también escrutar con ojos de fotógrafo ávido todos los ángulos posibles, los enfoques y las visiones distintas con que nos tropezamos en tan minúsculo emplazamiento. Y siempre descubrimos algo nuevo y es que resulta difícil abarcar toda la intimidad y la magia contenidas en esta preciada "mezquitilla." 



Por todo esto es por lo que siempre hay que volver a San Baudelio, para imaginar nuevos secretos y para experimentar nuevas emociones, al tiempo que fortalecemos el amor por lo nuestro. 

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